23 de octubre de 2008

26 DE JULIO: VOCES DE LA MIMESIS EN LA CASA DE LA CULTURA DE YAHUALICA











VOCES DE LA MIMESIS EN CASA BLANCA
















OCTUBRE 2008





ARELY MEDINA

Opéra Dolorosa.

Quiero morir en una cama de rosas
de aquellas rosas que chupen mi llanto
rosas marchitas que se queden
entre las sabanas de mi desamparo.

Quiero morir en los brazos del deseo
un último extásis cual opéra dolorosa
un cuerpo tenido de ansias de amar
de dolor espiritual,
que sus fluidos sean santos
y que de un grito estrangule mi yugular.

Pianista ¿Probaste este cuerpo?
Escritor ¿Cuágulaste mi sangre tinta?
Sonador ¿Me viste al final de tu encuentro?

Tras mis ventanas el risco de nieve que te cubre
tras mi puerta bienvenido sea el hedonísmo.
Si tu no entras seguiré comiendo uvas del tapiz
y el piano no enloquecerá hasta que me vea partir

A lo que te quiero atar es a mi cuerpo.
Pronto me voy.
Pronto llega la despedida.
El tiempo corre y todo está escrito.

Por que se mi final.
Como Dios, ¡Lo sé!
El peso de las manecillas me revuelca
como olas de mar que me ahogan.

Yo quisiera esperar
pero es este piano el que debe terminar
pero es este deseo que debo de enterrar
llevarme un poco nada más
del veneno que corre en tu sexo
de aquello que me hace quedar en paz.

Mi vientre aún es fuerte
la música observa ese palpitar
que necedad acompana esa voz
que por las notas es que vive.

Buscaré un encuentro
quizás en el callejón, quizás en tu sueno
eso da igual; La muerte viene y no puede esperar.

[.........silencio........] la última nota se ejecutará.

ARELY MEDINA EN CASA BLANCA

Para morir en paz.

Klonaza, klonaza para la panza
Para bien dormitar en días austeros
Aspirina, y unas dosis más para querer olvidar.
¡Que bajo ha caído el alma!

La alem para atornillar no me ha funcionado del todo bien.
Abuela no lo hagas tan dulce, dejame morir, bien en paz.
Que tengo más pastillas para el bien dormitar;
Krixon, para los bichos raros de la tepestad creo yo,
Ácido asetacilico o que se yo,
pero aquí sentada junnto a mis letras he de estar.

Gotas para espamos de mes en mes,
Ketorolaco inyección,
Un cigarro para bien no olvidar.

Krisxon trimebutina 200 miligramos
creo que lo he nombrado ya
pero sirve para bien alimentar a los muertos.
Hasta que los cigarros se acaben, no dejaré morir; morir uno de ellos
sin el disfrute con el que me dejan ir.

Sólo un poco conocidos somos tú y yo.
Será que éste es el día de mi muerte
Bienvenido sea Dios.
Cual día de mi muerte que así Dios lo prolongó.

Me quiero morir no sin tí, pero así Dios lo decididió.
Brupacil grajeas, para el dolor de la humanidad.
Ja, ja, ja, no puedo ni disfrutar la risa que me da.

Porque la última caja he de abrir,
Ranisen para el dolor, la gastritis, la cólitis en fin me da igual.
Última sensación he de emitir yo.

Yo después del cigarro que no he de desperdiciar.
Apaga la luz, que el recibo alto llegará.
En la búsqueda hacia ti se ha quedado mi alma.
Sólo el piano toca con gran insitencia: ¡terapia, terapia!
Grita, maulla, estrangula ya.

Dejénme morir en paz ya.
mis lineas blancas deben estar
cierren las puertas
que mi muerte ha de llegar ya.

Oh Malina, dulce Malina
ven a decrime la realidad.
Sólo te espero a tí
Que no escuchas, no ves.
Un cigarrillo más y todo acabará
es la ley del talión:
ojo por ojo, diente por diente
la escritura lo dice ya.

Cada quién interpreta a su bien estar.
La luz de la viril roja vela emana dos ojos
ojos de serpiente aumada por mis pesamientos húmedos olvidados.
por tijeras filosas de alma humana
¡Dejame en paz!

Porque no puedo apagar la vela roja de tu virilidad.
estoy ansiosa de morir en tu eyaculación
en ese misterio emanado del ánima animal.

JUAN FRAJOZA EN CASA BLANCA


La Caballona (Fragmento)
De Leyendas de Yahualica

La Calle de los Cuartos, en el barrio maldito, al otro lado del río, fue la vergüenza del pueblo, pues allí, en tugurios destartalados que goteaban mares por el techo en épocas de lluvia, las putas mostraban sus carnes amoratadas y sensuales. Las más viejas tenían los senos casi líquidos, colgantes como frutas pútridas que se asían con fuerza al cuerpo para no caer. Senos elásticos, magullados, espantosos. Evidentemente el paso del tiempo deja cicatrices en el cuerpo que destempla sus gemidos, pero más en el alma obscena y miserable que está detrás de ellos, llorosa, dividida entre el goce y el amparo. Aparentemente se deleitaban con el trivial comercio de la carne, pero si se hubiese ahondado sólo un palmo a sus sombras se habría hallado la más terrible desolación que puede encender la tristeza. Subsistían rodando de cama en cama, de cuerpo en cuerpo, como diablos, asfixiadas por el penetrante olor a sementina rancia. Algunas veces salían de sus madrigueras, como perras apaleadas, temblorosas, atragantándose con aguardiente para idiotizar la conciencia y los sueños de juventud que les punzaban como púas en la carne. Las jóvenes soñaban con el amor, las viejas con la muerte. Si la realidad era una alucinación donde los cuerpos bailaban al compás de los gemidos fingidos, las pesadillas del sueño eran mucho peor: falos ciclópeos las penetraban dejándoles en tinieblas, miles de manos las golpeaban incansablemente hasta transformar sus cuerpos en masas sanguinolentas, se sentían rodar pendiente abajo y las espinas les arrancaban la piel, los cuchillos del carnicero les tasajeaban los senos, las hormigas les devoraban el sexo sudoroso.
El prostíbulo de la Calle de los Cuartos guardaba la imperturbabilidad del pueblo: era triste. No había armonías que excitasen a los tertulianos, no había cantores. En su puerta no esperaban sonrientes las putas la llegada de los clientes. Les aguardaban con suspiros de luna, con somnolencia de ancianas, con movimientos estancados. Contestaban con bostezos los desagradables saludos de los hombres, que ingresaban taciturnos, temerosos de que alguien les haya visto desde lejos.

– Aquí hasta las putas están tristes... Cuando llegó esa niña sonrosada, mostrando las perlas negras de su boca, se le esfumó la mirada y sólo le quedaron notas, notas de puta enlutada...

Cuando se celebraba algo sorprendente se desempolvaba una guitarra centenaria y se tañía en sordina, para que los arpegios no fuesen a desencadenar un hervor de malas conciencias. Sólo se le habían sacada las vibraciones roncas, de cueva profunda o tumba abierta, en dos ocasiones. La primera fue un treinta de mayo. El cielo caía a pedazos, el viento cortaba la respiración de la tierra y la noche cerraba con fortaleza el manto estelar sobre ella. La celebración se desencadenó cuando Jacinto Lizarde, un jornalero de Pastores, anunció que él y Soledad, una mujer que cada que habría la boca secaba las flores con su aliento, se habían apalabrado para irse a vivir juntos.

– ¡Ya van a sacar una puta del matadero! ¡Esto hay que festejarlo!

– ¡Vas a gozar del cielo terrenal, Soledad! Tendrás hijos y se te borrará de la sangre lo que fuiste.

El cantinero mezcló el licor con agua. Las jóvenes, compañeras de pena y sudor, se entusiasmaron y pusieron a volar su mente. Las viejas matronas miraron con furia ciega a la pareja. La envidia atiborraba el alma de hiel. La guitarra gruñía las canciones improvisadas como un puerco apuñalado. La tormenta no paraba. El río corría riendo y se detenía un poco para contemplar la alegría que crecía donde sólo amargura hubo. La pareja se despidió pasada la medianoche y se perdieron a lo lejos. La oscuridad los absorbió. Bajo la lluvia, el amor se empapó de rostros nebulosos. Pero fallaron las buenas predicciones. Soledad no salió del matadero; fue a él. A los cuatro meses la encontraron en el arroyo del Cahuixtle, hecha picadillo, con diecisiete puñaladas en el vientre. Ella guardaba un hijo en sus entrañas... Las entrañas del hijo, reventadas... Soledad encontró en el amor el camino que conduce a la muerte... La muerte de la soledad es el camino del amor... Del asesino no se encontraron ni las huellas... Los asistentes a la Calle de los Cuartos la noche del treinta de mayo llegaron a dudar del amor y, por lo tanto, de la existencia de Jacinto Lizarde y Soledad... El olvido y la hipocresía borraron toda afirmación, pues nunca ha emergido el amor coronado de rosas de los prostíbulos... De allí sólo sale el olor a rancia sementina y la muerte...
La segunda vez que la guitarra cantó, ahora con voz de tronco hueco, fue un día negro de octubre, para llenar de notas fúnebres el velorio de una desconocida que las putas afirmaban entre dientes se llamaba Soledad. No obstante, como en las putas no se confía ni un grano de arroz, el Presidente Municipal decidió llamarla Rosario de la Amargura.

– ¡Las putas son putas, y no más! ¡Qué importa si en la lápida se anota Soledad, Rosario de la Amargura o Anónima! Muchachas, nosotros cerramos la boca y los hombres seguirán viniendo; si hablamos nos moriremos de hambre. Mal comemos, pero nunca nos han faltado las tortillas. Mal vivimos, pero nunca nos ha faltado el aire. La difunteada es Soledad, pero no es Soledad, sino Rosario de la Amargura ¿Me han entendido? –dijo una vieja que arrastraba los senos en tierra.

– Doña Clara, dicen que guardaba un hijo. ¡Qué desgracia!

– No te agites: un hijo de puta menos en el mundo...

El niño del amargo aliento DE JUAN FRAJOZA

Había un guitarrista ciego y un cantinero sordo. Y entre los dos se ayudaban para controlar la situación del local. Si el ciego percibía con la lengua que mala intención se formaba en algún cliente, le hacía unas señas al cantinero con los párpados y con las cejas. Si el cantinero veía, irremediable controlarlo, que el pleito de navaja o pistola se acercaba al escenario basuriento del ciego, le iba dando instrucciones de hacia dónde era preciso moverse para que no le fueran a poner un agujero más en el cuerpo. El buffet estaba colocado en lo más interno del local: gordas para amantes de montañas, raquíticas asmáticas para depredadores de primera instancia, viejas bordando pañuelos para los jóvenes pobres que no podían pagarse algo mejor, para los afrancesados una rubia parisina que se hacía trenzas sin recato con los vellos de las axilas, y púberas de senos chicos, e indias violentas que golpeaban a los clientes, y gringas que emborrachaban con frases adornadas a los abogados para que firmaran papeles en blanco, y enanas, y gigantonas, y mutiladas, y sentimentales que se enamoraban todas las noches para olvidar al alba, y dos amujerados pintarrajeados de la cara y con el gesto grotesco… Cuando a algún tertuliano le iniciaba el ansia en las partes secretas, iba a los bancos mugrosos y piojentos donde reposaba el ganado, desmenuzando el chisme, con las nalgas pegadas a la madera, contaba las monedas y examinaba, si no lo había hecho antes, para luego elegir. Allí, frente a los ojos adormilados de esperar macho que transfigurara monedas por gemidos constantes y sonantes, frente a los senos colgantes y los vientres gelatinosos, se posó Jacinto Roldán y sobornó exhaustivamente a cada mujer hasta que Pánfila Montreño, la que al emborracharse, dando grande espectáculo a la corte taciturna de borrachos, oficinistas y magistrados, hacía el amor con las patas de las sillas, le expresó entre eructo y gargajo: <> Al sólo darle el papel garabateado con letras risibles, un orondo magistrado más composición zoológica que fachada de hombre –mejillas de puerco, labios de bagre, bigotes y ojos de perro apaleado–, en gritos radiantes se les acercó: <> La Montreño tomó el dinero. Apretándolo con sus dedos torcidos fue repique de metal, campaneo de un acto irrevocable. A su paso la corte alcoholizada, eufórica, berreaba frases. Y el ambiente se transformó en una mezcla de escupitajos dejados debajo de las lenguas pastosas y alquitranadas, en un zumbido constante de las voces menguadas en avispero instigado, en un sonido irregular abandonado entre los dedos del ciego que rasgueaba las cuerdas de la guitarra como quien acaricia un gato moribundo. Una bocanada de humo de habano y un enorme trago de mataburro hediondo a pies sudados, le bastaron a Pánfila Montreño para emborracharse los ojos con imágenes innombrables de hombres tricéfalos. Sus manos, tendidas, tensadas entre dos hombres que echaban la saliva afuera, babeando al igual que un hocico de toro después de besar el abrevadero. Todos en silencio, sólo la guitarra en sonido, que lentamente intensificaba el trémolo. Luego fue la comedia, la intensa melodía gemebunda salida de labios de la Montreño, que incrementaba o disminuía según la velocidad y la precisión oscilante de la penetración. Al principio los novatos, jóvenes estudiantes de medicina, gramática o abogacía, escapados de las lecturas soporíferas de tratados y otras lecciones diversas olientes a cadáver, avergonzados y ocultos en las mesas más ensombrecidas, no podían creer que hubiera mujer en la ciudad que entablara relaciones amatorias con una silla, mueble específicamente construido para sentar el cansancio del cuerpo, ni que los músculos de la parte pudenda de la mujer tuvieran una elasticidad tan descomunal y práctica, pero pasado el pánico moral y científico y tomadas algunas botellas de mal licor, dejaron los argumentos y las suposiciones para las aulas, adhiriéndose jubilosamente al gran acontecimiento, dando risotadas latinistas, miradas de jurisconsulto o alocuciones filosóficas que colindaban con la estupidez. Aquello, la risa estupefaciente emergida desde las cuevas de la palabra hecha interjección, la lúbrica y bien fundada velocidad con que Pánfila Montreño agitaba la silla, la martillante voz chillona de los amujerados que elogiaban la sagaz disposición de la artista, orgullo infalible del putero, el mugir suave de los asistentes que se hurgaban, unos a otros, inconvenientemente la entrepierna cebados hasta el hartazgo del deseo acumulado por estar mirando el espectáculo, desencadenó, luego de que la autora del enajenamiento corporal generalizado depusiera un charco de fluidos en el piso y exhalara un sonoro gemido, la orgía. Los funcionarios regalaron dinero a los estudiantes para que ocuparan mujer, las viejas se pusieron en oferta, las gordas les restregaban a los hombres los senos en la cara para que vieran que había de dónde agarrar, las enanas saltaban y luego se prendían de las braguetas gritando:<<¡estamos a la medida!>>, las gringas, siempre escrupulosas hasta en los casos más hostiles, se iban arrimando serpentinamente a los que traían cartera gorda, los amujerados, ya que ni las moscas les volaban entre los labios pintarrajeados, se les sentaban en las piernas a los borrachos que ya no distinguían hembra de macho, ni sol de luna… En tren estrepitoso de pisadas se fue alejando rumbo a los cuartos la manada completa.

TEATRO EN CASA BLANCA CON OCAINA



DOS INTENTOS DE SUICIDIO